Agentes del Cuerpo de Policía Nacional portan un Cristo durante una procesión.
Policías en procesión en la Semana Santa.
opinión

La gruesa línea roja del Ejército confesional

'Bajo la coartada de la tradición, en la semana santa emisoras públicas como La 2, Canal Sur o Radio Nacional compiten en mojigaterío con la episcopal 13TV'

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Dom, 16 Abr 2017

A menudo me preguntan qué mal hace el adoctrinamiento religioso infantil, “¿no lo superamos todos?”. Esta semana santa hemos vuelto a padecer la respuesta, pues muchas autoridades civiles y militares nos han castigado con unos comportamientos para mí solo explicables como consecuencia de un deterioro formativo precoz.

Para valorar su gravedad es suficiente con tomar como referencia la democracia, que supone la laicidad, es decir, la defensa de la libertad de conciencia de todos los ciudadanos, y la neutralidad ante la diversidad de creencias o increencias, religiosas o no religiosas. Se trata, sencillamente, de respetar los derechos humanos de todas las personas, con mayor escrupulosidad en el caso de las más vulnerables e indefensas, los niños ―que no sufran aquel deterioro―.

Con esa referencia, podemos calificar de abuso infantil la cada año más extendida práctica de algunos colegios, privados y públicos, de organizar procesiones infantiles por la iniciativa o aquiescencia cómplice de las autoridades educativas; parece que no les basta con que se intente malograr el desarrollo mental de los niños con las creencias anticientíficas y las admoniciones morales reaccionarias que les perpetran en las clases de religión (catequesis).

Vergüenza democrática

Claro que es que estas autoridades son simplemente una parte de las autoridades políticas, y vemos cómo a muchas de ellas no les alcanza la vergüenza democrática para acabar con los privilegios de la Iglesia católica ni para dejar de asistir a título institucional a procesiones, misas y otras pompas religiosas. Sobre todo en semana santa, cuando parecen verse envueltas en una ola de incontenible furia devota bajo la coartada de la tradición. La misma tradición por la que se ocupan durante una semana las calles y plazas de los pueblos, y el tiempo televisivo y radiofónico de algunas cadenas y emisoras públicas, como La 2, Canal Sur y Radio Nacional, que compiten en mojigaterío con la episcopal 13TV.

Tenemos, por desgracia, demasiadas tradiciones que son traiciones a la diversidad e inteligencia ciudadana, y a su igualdad. ¿No es una humillante traición a la Justicia la barrabasada por la que se concede un indulto de presos a instancias cofrades? ¿No traiciona el Rey a la misma Constitución, y a la cacareada Patria, cada vez que se humilla ante un siervo del Vaticano, o cuando acude como monarca a misas como la de Pascua?

Meapilismo militar

El escándalo del Rey nos lleva a lo que quizás sea más lacerante (y a veces desopilante), el meapilismo en las Fuerzas Armadas que lidera. ¿No constituye una degradación antidemocrática la fervorosa participación de estas en todo tipo de fastos católicos, en particular los de semana santa? Su presencia en múltiples procesiones nos retrotrae, es cierto, a unas tradiciones: las del Ejército del nacionalcatolicismo franquista/fascista. Esta imagen carcunda nos la proporciona especialmente la Legión, con su participación en procesiones como la del Cristo de la Buena Muerte (¡sic!) de Málaga, toda una astraycanada. Este año, tal vez crecidos por el rebrote ultramontano del PP gobernante, con una Ministra de Defensa tan poco defendible, los legionarios han tenido, además, la marcial desfachatez de cantar, a niños hospitalizados con cáncer, el himno fascistoide «El novio de la muerte», con el beneplácito de las autoridades y sin que nadie los mandara a darle una bonita serenata a su escuálida y buena noviata.

Para rematar, este año van y ponen en todos los cuarteles ―por orden de la Hermana Cospedal― las banderas a media asta por la (¿buena?) muerte de Jesucristo. Ha sido muy significativa esa infame exhibición de rojigualdas mediastadas mientras ondeaban las tricolores en conmemoración de la dignidad republicana. Me imagino a Gila contando lo de las primeras por teléfono al enemigo: “¡Ah!, ¿que a vosotros os duele más lo de la madre de Bambi?”; y cuando las han izado por la resurrección del Señor: “Sí, que ha resucitado, ya ves qué sorpresa. ¿Que si también nosotros resuc…? A lo mejor, si somos buenos y os matamos por preferir a la madre de Bambi”.

Un intenso aroma nacionalcatólico

En fin, ¿qué gilez será la próxima, celebrar la virginidad de otra Madre, o darle medallas, o nombrarla Capitana Generala dos mil años después de muerta? Ah, que ya hacen todo eso. Se empeñan en dar la razón al viejo Groucho: «inteligencia militar: una contradicción de términos». ¡Dios mío, ¿y en esas manos depositamos las armas?! Gileces aparte, todo esto demuestra que, en lo que al respeto a la aconfesionalidad del Estado se refiere, las Fuerzas Armadas (y las de Seguridad del Estado) han avanzado poco desde la muerte del “Caudillo por la G. de Dios” (¿“G” de gilez?).

Estamos, por tanto, ante un Ejército con un intenso aroma nacionalcatólico, dirigido beatíficamente hasta desde su cerebro instructor, el Mando de Adiestramiento y Doctrina (MADOC). Un Ejército que se siente arropado por unas autoridades civiles plegadas a los caros (11.000 millones de euros anuales) caprichos clericales. El cine ha popularizado la expresión “la delgada línea roja” en el ámbito militar para referirse ―según leo― a la realización heroica de “algo que supera lo humanamente posible”. Nuestras Fuerzas Armadas y de Seguridad, sin embargo, lo que están superando es una línea roja muy gruesa que lleva a la indignidad confesional antidemocrática ―algo posible, pero más cobarde que heroico, e inaceptable―.

La solución, desde luego, no es extender el plegamiento a otros cleros de la misma cuerda ―musulmanes, judíos, evangélicos…―, como muchos pretenden, sino solo atender sin discriminaciones los intereses de todos los ciudadanos, dejando al margen lo que crean o dejen de creer. Lo peor es que cabe alguna esperanza de conseguir la regeneración laica de las autoridades civiles, educación y vuelcos electorales mediante, pero ¿cómo regeneraremos a las autoridades militares, empezando por su Jefe supremo?

 

Juan Antonio Aguilera es profesor de la Universidad de Granada y miembro de la directiva de Europa Laica